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Si observas su comportamiento te sorprenderás ya que en tierra camina a los saltitos, se acuesta más tarde que otros pájaros y se lo puede escuchar cantar ya muy avanzado el crepúsculo, cuando los otros ya duermen. Es un ave de vida terrestre, dicen algunos. Estas peculiaridades y nuestro afán por compartir nuestras vivencias, han dado lugar a leyendas que van rescatando de la voz de la gente y sus recuerdos enseñanzas que trascienden lo cotidiano. En la Provincia de Buenos Aires, Argentina, se cuenta una de ellas... El chingolo lleva en su cabecita un gorro como el de los presos. Y no sólo se acuesta tarde sino que además le gusta madrugar. ¨Está de pie al amanecer y lo primero que hace es saludar al alba cantando. Después sin ninguna prisa, se peina, se abrocha los botones del chaleco y sale del nido en busca del desayuno. Come unas semillas o un insecto; se limpia el pico; vuela hasta la rama de un árbol y vuelve a cantar. Y se pasa el día cantando. Ese es su oficio. Y lo hace bien". Cuentan que ¨ese pajarito tan alegre y confiado y tan buen cantor, fue una vez un hombre grandote y forzudo. En el pueblo nadie lo quería; todos le tenían miedo. Los domingos paseaba por la plaza sacando pecho y provocando a la gente, porque era muy pendenciero. Le gustaba armar camorra y pelear. Cuando Chingolo llegaba a un baile, hasta los músicos temblaban. Quién lo ha visto y quien lo ve! Una vez se detuvo frente a un templo que los vecinos habían construido con mucho sacrificio y cariño. -No me gusta -dijo- tiene el campanario muy puntiagudo. Y de puro caprichoso, lo volteó a puñetazos y a puntapiés. Inmediatamente lo prendió la policía. Lo engrillaron y lo encerraron en un calabozo. Ahí se acabaron la fuerza y la soberbia. Y, poco a poco, se fue achicando. Una mañana, al despertar, se dio cuenta que no era un hombre sino un pájaro con plumas y alas. Voló y escapó por entre las rejas del calabozo pero todavía conserva los grilletes y el gorro de presidiario.¨ Pero las leyendas no terminan aquí y queremos contarles que los indios tehuelches tenían un especial aprecio por el chingolo, al que llamaban kien. Según narran fue el primero en colaborar con su gran héroe Elal, cuando recién nacido, su padre el gigante Noshteij quería matarlo. El chingolo avisó al cisne de cuello negro para trasladar a Elal a tierra firme y así ayudó a salvarlo. En el mundo guaraní, la leyenda muestra otros matices: un día, ¨dorado y brillante, el chingolo se paseaba sobre una torre y caminaba picoteando aquí y allá algún grano que el viento ha traído hasta las alturas del edificio. A pesar de su tamaño, relativamente pequeño, se mantenía en equilibrio enfrentando el fuerte viento de las alturas. La torre, mohosa, que había soportado el paso de los siglos sin inmutarse se alzaba hacia el cielo. Y allí andaba el pájaro dorado con su paso elegante y el brillo inaudito de su plumaje. Su voz se elevaba en el aire de la tarde en un gorjeo enamorado y hacía alarde de gracia y vivacidad ante la mirada atenta de una pajarita, sin otro objetivo que el de impresionarla¨. Henchido de orgullo el chingolo dijo: “Si lo quisiera, derribaría esta torre de una sola patada”. Pero la afirmación era en extremo exagerada... Y como reprimenda apareció una nube negra que se entrometió en la veleta y arrastró al chingolo en sus remolinos. Nada puedo hacer su fuerza y aparente poder. Su soberbia había recibido castigo, decían. El chingolo rodó por tierra malherido y sus plumas doradas se convirtieron en una mezcla de ceniza y tierra. Su bello gorjeo no apareció en su garganta y ya no puede sostenerse con gracia sobre sus finas patas. Desde entonces el chingolo se mueve con esos ridículos saltitos y se confunde con la tierra.¨ De todos los cantares y leyendas , el chingolo sale airoso y hoy sigue atravesando nuestros campos y patios orgulloso de su cambio de plumaje y de su destino. Este presuntuoso sigue mostrándose, animándose y haciendo frente a los desafíos, pero no ya inspirando temor o haciendo gala de soberbia, sino con compañerismo y amistad. Testigo de nuestra historia. |
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